Dinosaurios

Como os dije ayer, hoy no podíamos levantarnos tan tarde. De hecho, me he puesto el despertador a las ocho para, después de remolonear y asearnos (más lo primero que lo segundo), salir a desayunar a las nueve y media. En realidad, nuestra primera cita del día era a las doce, pero nos lo hemos tomado todo con bastante calma.

Esta cita consistía en una visita al fabuloso Museo de Historia Natural londinense. Fabuloso ya desde fuera, ya que está ubicado en un impresionante edificio neorrománico. Ester me ha dicho unas treinta veces que por qué no le había dicho nada de lo bonito que era el edificio. Que lo es, la verdad.

Tal vez la zona más llamativa del museo sea la de los dinosaurios, pero tiene otras dedicadas a la geología de la Tierra, las aves, los mamíferos... Y la entrada es gratuita, pero es recomendable sacarla con antelación y evitarte la cola en la entrada. No sé cuánto rato de cola habríamos hecho, pero mucho, eso seguro, porque era bastante larga. Hoy había mucha gente en el museo. Muchísima. Tal vez debido a que el curso escolar no empieza hasta la próxima semana, tal vez por los turistas; en cualquier caso, había muchas familias con niños, y muchas de ellas eran españolas.

Nosotros hemos visto casi todo el museo, lo que es una paliza importante. Pero también hemos aprovechado para relajarnos en una instalación llamada The River. Es una gran sala rectangular prácticamente vacía, negra y con poca luz que pretende imitar el interior del Támesis mediante el sonido. Piden que la gente esté en silencio y ponen por los altavoces sonidos reales grabados dentro del río, que resultan muy relajantes... salvo cuando, de vez en cuando, pasa un barco y hace un gran estruendo. Aparte de que, como os digo, había muchas familias con niños que entraban también; algunos niños aprovechaban para descansar, pero otros se aburrían (lógicamente) y daban voces sin que sus padres se preocuparan mucho de ello. Una madre incluso se ha puesto a hacer monerías a su niña para que esta diera gritos y risotadas. Que mira que el mundo es grande, pero la tía ha decidido hacerlo allí. En fin, pese a todo, el ambiente era tan relajante que Ester se ha pegado una buena siesta, y no era la única que lo hacía.

Cerca del Museo de Historia Natural hay otros igual de interesantes, como el Victoria & Albert o el Museo de la Ciencia, pero no hemos ido a ninguno de ellos porque teníamos más planes para el día. Hemos cogido un autobús para ir a cenar con Jesús y Mai, con quienes habíamos vuelto a quedar. Hemos llegado unos minutos tarde porque, en la parada en que hemos montado, había un chico en silla de ruedas que también quería hacerlo, pero ya había otro en el interior y el autobús solo tiene sitio para uno. Así que el conductor se ha parado y ha empezado a llamar por teléfono para asegurarse de que el siguiente autobús sí podía recogerlo. Según nos ha contado él mismo (hoy íbamos en el piso de abajo, sentados al lado del conductor), la normativa londinense dice que, si un autobús no puede recoger a una persona que va en silla de ruedas, esta tiene derecho a pedir que le manden un taxi; pero, en la práctica, lo más habitual es que acepten esperar al siguiente autobús. Eso sí, nuestro conductor quería asegurarse de que dejaba resuelto su transporte, lo que le ha llevado varios minutos. En fin, al final, todos contentos.

Ah, y también ha influido en nuestro retraso que me he equivocado y hemos bajado una parada antes de lo debido.

Bueno, el caso es que habíamos pedido a Jesús y Mai el otro día que nos recomendaran un restaurante indio, y este era uno de sus favoritos: el Dishoom. El principal problema que tiene este sitio es que no acepta reservas; tienes que ir y hacer cola, porque siempre está lleno. Así que habíamos quedado a las 17:30 y el primero que llegara, que se pusiera en la cola o, si era posible, cogiera mesa. Cuando hemos llegado, sobre las 17:40, ya casi les tocaba y hemos entrado poco después.

La carta del Dishoom no es enorme, pero todo está bueno. Al menos, todo lo que hemos pedido. Y todo pica, ojo, que esto es un indio británico, no uno español. En los indios de nuestro país siempre tienen unos cuantos platos que no pican porque, si no, mucha gente no querría ir a ellos, pero aquí no se andan con esos miramientos.

Frente a nuestra mesa, en la ventana, había un bonito letrero. Pensando que sería alguna cita o algo, hemos mirado la traducción y no, decía "las contraventanas abren hacia dentro", simplemente lo habían puesto bonito. 

Otro motivo para quedar en el Dishoom, el martes y a esas horas era que teníamos entradas para ir a las 19:30 a La Ratonera, la famosa obra teatral de Agatha Christie que se representa a unos 100 m del restaurante. Lleva en cartel nada menos que desde 1952, con solo una interrupción por la pandemia. Yo la había visto en Madrid, en castellano, pero me apetecía volver a verla aquí (aunque ya sabía quién era el asesino, claro). Ester no la había visto, pero me ha dicho luego que a mitad de obra lo ha adivinado; a ella se le dan muy bien estas cosas, a diferencia de a mí, que nunca me entero. En fin, la obra está muy bien montada e interpretada, como era de esperar, y solo tiene de malo que los asientos del teatro son bastante incómodos. Parece que lo hicieron en una época en que la gente abultaba menos que ahora y no lo han renovado. En el entreacto, la principal conversación con nuestros vecinos ha sido esa, lo estrecho de los asientos y la poca distancia entre filas. Aun así, os la recomiendo si se os da bien el inglés; si no, no os enteraréis de nada, claro.

Al salir de la obra, aparte de estar un ratito charlando con un neoyorquino que se ha hecho amigo de Ester durante la obra (se sentaba a su lado), nos hemos ido a tomar una cerveza a un pub y a casita. Mañana volvemos a tener planes matutinos.

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