Vente pa Inglaterra, Pepe

Hoy nos hemos levantado a las...

—No me lo digas: una vez más, te has levantado a una hora indecente para estrenar tus vacaciones.

Eh... pues sí. Cuando tenía 20 años, mi idea de unas buenas vacaciones consistía en levantarme a las dos de la tarde y luego, ya veremos. No sé en qué momento mi vida se fue al carajo y ahora me levanto a las siete para irme de vacaciones.

En fin, así son las cosas. Sobre las 8:30 hemos llegado a Barajas y hemos decidido que, pese a no llevar maletas grandes, podíamos facturarlas igualmente para no tener que acarrearlas por el aeropuerto. Sí, vale, ahora nos levantamos más temprano, pero también somos más comodones. Maletas facturadas, fast track para no hacer cola en el control de seguridad y sala VIP para desayunar cómodamente en nuestros sillones mientras esperamos la hora del embarque. Aunque esta vez no nos hemos pasado a business; pijos, sí, pero solo hasta cierto punto.

Ya en el embarque, como tantas otras veces, mucha gente se ha visto obligada a facturar sus maletas porque los de delante habían llenado los maleteros y ya no cabían más en la cabina. Pues lo mismo, pero nosotros hemos llegado hasta allí con las manos en los bolsillos.

Hemos pasado el viaje jugando con un jueguecito que llevaba en mi tableta, Phone Escape: Hopeless. Realmente está pensada para jugar una sola persona, en un móvil, en una habitación a oscuras; pues nosotros la hemos jugado entre dos, en una tableta y en un avión. Funciona perfectamente en la tableta, aunque es tal vez se pierda un poco de ambientación, pero hemos pasado todo el viaje entretenidos. O casi todo el viaje; como íbamos con retraso, lo hemos acabado antes de llegar a Londres y Ester ha tenido tiempo de ver cómo un pasajero quería salir por la puerta de emergencia antes de aterrizar. Quiero decir que ha tenido tiempo de quedarse dormida y soñar cosas raras.

Luego hemos tenido más retraso esperando las maletas y, después, enterándonos de cuál era la forma correcta de comprar el abono de viaje de siete días. Teníamos entendido que se podía comprar sin Oyster Card, pero solo hemos visto forma de coger abonos diarios, y no era eso lo que queríamos. Finalmente, hemos comprado dos Oyster Cards (yo tenía una, pero ni idea de dónde ha podido ir a parar) y les hemos metido el abono semanal para las zonas 1-3. Claro que Heathrow, donde hemos aterrizado, está en zona 6, así que teníamos que añadir un suplemento para el trozo de viaje que no cubría nuestro abono. Hemos vuelto a las máquinas, entrado en la opción de extender el viaje... y no. Que podíamos hacer el viaje directamente con lo que teníamos, y que nos cobraba 0.00 £ por la extensión. No nos lo acabábamos de creer, pero sí; al pasar la tarjeta por el torno, se ha abierto perfectamente. Pues mira qué bien.

Por cierto: para quienes no lo sepáis, el transporte en Londres y, por extensión, en toda Inglaterra es carísimo. Nuestras tarjetas semanales nos han costado 57 £ cada una. Si os parece muy caro, la alternativa es... ir a otro sitio. Es lo que hay.

En fin, después de casi hora y media de viaje (Londres es muy grande) hemos llegado a nuestro hotel, el Centra Station, en Haringay. Está un poco lejos del centro de Londres (de ahí el abono de transporte que hemos cogido, porque está en la zona 3), pero es un barrio bastante bullicioso y con montones de tiendas, pubs, restaurantes y de todo. La zona nos ha gustado bastante, pero el aguacero que nos esperaba al salir del metro (Wood Green), un poco menos. En fin, nuestro hotel está muy cerca del metro, así que, en cuanto hemos visto que amainaba un poco y el semáforo se ponía verde, hemos cruzado la calle.

O lo hemos intentado. Los semáforos de peatones suelen durar muy poco en Londres, así que nos hemos quedado en la isleta que hay en el centro de la glorieta donde se encuentra la salida de la estación. Alrededor de la glorieta había un montón de gente cobijada bajo balcones y porches, viendo a los dos gilipollas que se estaban calando bajo la tormenta que había vuelto a arreciar. Finalmente, el semáforo ha vuelto a ponerse verde, hemos podido recorrer los 200 m escasos que teníamos hasta el hotel y, naturalmente, al llegar ha dejado de llover.

Bueno, hemos llegado a nuestra habitación (realmente, un pequeño apartamento bastante más grande que la mayoría de las habitaciones que había conocido hasta ahora en Londres), nos hemos secado un poco y nos hemos ido a comer a un sitio cercano, el Kantin Kitchen, donde sirven desayunos a cualquier hora y también tienen bastantes opciones para brunch, almuerzo y lo que sea. Bastante bien y, para lo que es Londres, barato; creo que ya tenemos sitio para desayunar a partir de ahora.

Y luego nos hemos ido en busca de nuestros amigos Javier y Machús, que estaban aquí también de vacaciones con sus hijos, Marta y Jorge. Ellos han venido la semana anterior a nosotros y ya se vuelven a casa mañana, así que hoy era el día para quedar. Javier y Machús son de mis amigos de Zaragoza de toda la vida, pero creo que no veía a sus hijos desde que nació el pequeño, hace unos veinte años.

—La última vez que os vi, tú acababas de nacer y tú te estabas quejando de tener un hermano.

—Pues, más o menos, como ahora.

En fin, nos hemos tomado unas cervezas juntos, nos han contado sus andanzas por la ciudad, incluido el partido de fútbol del que venían Javi y Jorge (querían ir a ver al Tottenham, pero era casi imposible conseguir entradas por menos de 300 £, así que se han conformado con el Queen's Park Rangers y se lo han pasado igual de bien). Finalmente, nos hemos despedido porque ellos se iban al teatro y nosotros, a cenar con otros amigos.

Sí, habíamos quedado con Jesús y Mai para cenar en uno de sus restaurantes favoritos del South Bank, el Jeux Jeux. Creo que no veía a Mai desde hace unos diez años, la última vez que vine a Londres, cuando también quedé con ellos un día. Bueno, hace hoy exactamente diez años: Jesús me ha dicho que ese día le había salido un aviso de esos de "tal día como hoy" y resulta que le habían salido fotos conmigo. Aunque entonces vivían en Chalk Farm y ahora, en el South Bank, que mola bastante más. Hemos cenado okonomiyaki, muy bueno y abundante (si vais, os aviso de que las raciones son bastante generosas) y luego nos hemos ido con Jesús a dar un paseo junto al río; Mai se ha vuelto a casa antes. Entre otras cosas, nos ha enseñado el muro del covid, dedicado a las personas que murieron durante la pandemia y desde donde hay unas vistas estupendas al Parlamento y el Big Ben.

Desde donde estábamos no se veía el final del muro. Según ponía en el inicio, había 242.827 corazones, que representaban a cada una de las personas cuya causa de fallecimiento había sido el COVID-19. Impresionaba, la verdad.

Y ya nos hemos vuelto a casa, que llevábamos un día muy largo y ajetreado. Mañana, más.



Comentarios

Entradas populares de este blog

La Abadía

Dinosaurios