La Abadía

Hoy ya llevamos el spoiler en el título, ¿eh? Pues sí: después de levantarnos y desayunar donde siempre, nos hemos ido a la Abadía de Westminster. Que, a diferencia de los museos, no es gratis, ni mucho menos: la entrada cuesta 29 £. Pero, una vez estás aquí, pues la tienes que ver, ¿no? Yo ya había estado, pero hará de eso más de treinta años y, la verdad, no me acordaba de nada, así que tocaba; y Ester no había estado nunca. En cualquier caso, si vais a venir, mejor que saquéis la entrada antes por internet; se pueden comprar en la puerta, pero siempre vas a perder más tiempo.

Nosotros las llevábamos compradas desde Madrid. De todos modos, por curiosidad, Ester ha mirado antes de entrar y quedaban unas 150 entradas disponibles en nuestro horario (las 12h). Pues menos mal que había todas esas entradas libres, porque dentro había más gente que en un Madrid-Barça. Bueno, tampoco es que no te pudieras mover o verlo todo, pero había bastante gente.

Hay algunas visitas guiadas, pero esas no se pueden reservar con antelación. Una vez has entrado, preguntas por ellas y, si alguna te gusta y te pilla bien de horario, la puedes contratar. Nosotros cogimos una que había a las 13:30, en la que uno de los sacristanes te enseñaba la abadía (otras 10 £ por cabeza). Mientras tanto, el precio de la entrada incluye una audioguía, así que la cogimos y nos fuimos a ver el edificio por nuestra cuenta. Lo que nos llevó casi la hora y media que faltaba hasta la visita guiada, perfecto.

La abadía, aparte de su calidad arquitectónica intrínseca (es uno de los edificios góticos más grandes del mundo), tiene un gran significado histórico. Por cierto, ya hace unos siglos que dejó de ser una abadía, aunque siga siendo conocida así popularmente; su nombre oficial es Colegiata de San Pedro de Westminster. En ella están enterrados la mayoría de los reyes ingleses hasta el siglo XVIII; pero, a partir de entonces, se convirtió en una especie de panteón de personas ilustres. Hay miles de personas enterradas o conmemoradas allí; en efecto, muchas de las personas que tienen una lápida o memorial en la abadía realmente están enterradas en otro sitio.

La primera persona ilustre, fuera de la familia real, enterrada en la abadía fue Isaac Newton. Cerca de su tumba está la lápida de Hawking, y en las dos pone más o menos lo mismo, aunque la de Newton está en latín. En esa zona hay más científicos, como Charles Darwin e incluso Roger Bannister, una leyenda del atletismo por haber sido el primer hombre que corrió la milla en menos de cuatro minutos, aunque aquí se le conmemora como Pioneering Neurologist, World Champion Runner (nunca fue campeón mundial, pero sí un neurólogo muy destacado durante la mayor parte de su vida).

Pero la zona temática más concurrida es el llamado Poet's Corner, con los memoriales de un montón de escritores, dramaturgos, actores y músicos. Allí está el monumento a Shakespeare, pero hay muchísimos más. Incluso Oscar Wilde, a quien en principio se le negó por su condición de homosexual, pero en 1995 ya le pusieron su memorial en una vidriera. Como nos había dicho Mai el día anterior, la abadía es un no parar de memoriales de gente que conoces.

Muchos memoriales están en las paredes, pero la mayoría están en el suelo, como tumbas que son (algunos no, como os digo) y se puede pasar por encima. El único memorial que está en el suelo y no se puede pisar es el del soldado desconocido. Ese está frente a la entrada principal (que, como es habitual, no es la que se usa habitualmente para entrar), rodeado de amapolas. No muy lejos está el de Churchill, que sí podéis pisotear todo lo que queráis, aunque he de deciros que la lápida es solo memorial; precisamente, él no quiso que lo enterraran allí por, según sus palabras, después de toda la gente que le había pisoteado durante su carrera política, no quería que siguieran haciéndolo una vez muerto.

En fin, ya os he dicho que, después de la visita con audioguía, tuvimos otra guiada por un sacristán. Mi consejo: mirad en la web las horas de visita guiada (no se pueden contratar, pero está el horario) y coged entrada para hacer la visita guiada. Es muchísimo mejor. Al menos, las guiadas por un sacristán, como la nuestra; creo que hay otros tipos de visita también. Volvimos a ver la abadía entera, pero con mejores explicaciones e incluso pudimos entrar en alguna zona habitualmente cerrada al público, como el santuario de Eduardo el Confesor que es, precisamente, el corazón de la abadía. Esta visita nos llevó otra hora y media, así que le sacamos jugo a nuestras entradas.

Al acabar, como estábamos cansados, nos fuimos a la cafetería de la propia abadía a tomar algo, pero ya estaba cerrada (la abadía en sí cierra a las 15:30), así que nos marchamos a Piccadilly a tomarnos un café y un helado en una terraza, como señores. Y luego estuvimos viendo unos acróbatas callejeros que, si no eran los mismos que habíamos visto hace dos años en Las Vegas, llevaban el mismo número. Seguían siendo muy divertidos, así que pasamos un buen rato viéndolos y también viendo cómo exprimían a unos árabes, haciéndolos competir a ver quién les daba más dinero (ganó el de Dubai).

Luego dimos un paseíto por Chinatown y ya nos fuimos a cenar. No a cualquier sitio, sino al Hannah, un restaurante japonés que nos había recomendado Jesús. No es barato, en absoluto, pero qué bien cenamos. La comida es estupenda y todo está servido con mucha atención a la estética japonesa. Tienen una sucursal en Madrid, tal vez le hagamos una visita algún día.

Y ya de vuelta a casa, que se nos hacía tarde. Mañana tenemos más visitas.

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