Jack
Hoy nos hemos levantado a...
—... las seis de la mañana...
Pues no, listo. A las doce, como si fuéramos jóvenes. Estaba claro que necesitábamos dormir. Nuestro plan para la mañana de hoy era levantarnos más o menos tarde, desayunar y dar una vuelta por nuestro barrio, pero se ha quedado en levantarnos más tarde, comer y dar una vueltecita.
La comida ha vuelto a ser en el Kantin, el mismo sitio de ayer. Y luego nos hemos limitado a subir hasta la iglesia de St. Michael, que llama la atención desde la glorieta de Wood Green porque está sobre una pequeña colina. Queríamos haber entrado, pero nos hemos tenido que conformar con verla desde fuera, porque estaba cerrada. Sí, en domingo, pero ya habían acabado las misas.
A las cuatro de la tarde habíamos quedado. Como aún no eran las dos, hemos decidido bajar tranquilamente en autobús, y aun así nos sobraría bastante tiempo. Bueno, en autobuses, que teníamos que hacer un transbordo; pero en el primero hemos podido sentarnos encima del conductor e ir viendo la ciudad como si estuviéramos en un autobús turístico. A ver: quiero decir que íbamos en el segundo piso del autobús, sentados en la primera fila. Al conductor lo hemos dejado en paz.
Al bajar para hacer nuestro transbordo, hemos visto que estábamos al lado de un pequeño cementerio, el de Bunhill Fields. Como íbamos sobrados de tiempo, hemos decidido entrar a verlo. Es bastante bonito y en él están enterradas algunas personas célebres, como Daniel Defoe, William Blake o Thomas Bayes. De ellos, Defoe tiene un monumento erigido por suscripción popular en el siglo XIX. Blake no lo tiene, pero su tumba está en un lugar destacado del cementerio. Los entusiastas de la estadística y la probabilidad parece que son más agarrados que los de Robinson Crusoe, porque, pese a saber en qué parte del cementerio está, no conseguimos encontrar la tumba de Bayes.
Bueno, ya os digo que el cementerio es bonito, pero también pequeño, así que en unos veinte minutos lo hemos visto entero. De allí, a coger nuestro segundo autobús, previa compra de una botella de agua porque Ester tenía mucha sed. Justo al lado de la parada estaba una de esas tiendas de Amazon en las que coges lo que sea y se carga automáticamente en su cuenta, así que ha entrado, ha cogido la botella y... no se le abría el torno para salir. Pese a que en Nueva York nos pasó algo parecido, se nos había olvidado que había que configurar la aplicación y cómo hacerlo. Y ya no podía dejar la botella y salir sin compra porque, como tenía mucha sed, la había abierto y le había dado un trago. Pese a la ayuda de un empleado, la cosa se demoró unos minutos, los suficientes para que llegara el autobús y se fuera sin nosotros. Pues ya no íbamos sobrados de tiempo. De hecho, íbamos a llegar tarde.
En fin, cinco o diez minutos después de las 16h hemos llegado a Tobacco Dock, donde íbamos a encontrarnos con Iker y Yaiza. Sí, más amigos que viven en Londres o, en este caso, en sus cercanías. Nos iban a llevar a dar una vuelta por los docks, antiguos puertos del Támesis hoy convertidos en una zona muy chula, con casas bonitas (y, suponemos, bastante caras) y muchos pubs y restaurantes. Como, además, hacía muy buen tiempo, ha sido un paseo muy agradable que hemos aprovechado para ponernos al día de nuestras respectivas andanzas.
Estos muelles, además de ser preciosos, parece que eran donde se realizaba en origen el comercio de té y tabaco en Londres. El comercio de té fue una de las grandes industrias en Inglaterra durante más de 300 años, en los que controlaban el 85% del mismo. Para poder abordar las necesidades de un negocio tan boyante, se abrieron estos muelles a principios del siglo XIX, y otros en la orilla opuesta del Támesis unos años después. Estuvieron en funcionamiento 140 años y se convirtieron en lo que es hoy, una zona llena de vida y bares en los que hacer vida junto al agua.
Una de las cosas curiosas que nos enseñaron mientras estábamos allí fue la placa de plexiglás más grande del mundo. Mide unos 3,30 x 1,75 m y tiene unos 20 centímetros de espesor, con un peso de más de dos toneladas. Parece que la hicieron para la película 2001: Una Odisea en el espacio, en la que esta placa iba a hacer el papel que finalmente recayó en el monolito de basalto negro. En el jubileo de la reina decidieron grabar una corona como homenaje, y luego lo expusieron como lo veis, de una manera que es bastante poco visible, pero bueno, allí estaba.
Hemos parado a tomar algo en un Slug & Lettuce y, finalmente, hemos aprovechado para cenar algo allí mismo. Y ya sobre las siete y cuarto nuestros amigos nos han acompañado a la cercana Tower Hill, donde íbamos a despedirnos. Ellos se volvían a su casa y nosotros, a un tour sobre Jack el Destripador.
Como sabréis si habéis leído alguno de nuestros blogs de viajes anteriores, a Ester y a mí nos gustan mucho las visitas guiadas y en Londres todo el mundo recomienda la del Destripador. Bueno, una de ellas, porque hay varias empresas que la hacen. Nosotros hemos cogido una de London Walks y nos ha gustado mucho. Éramos bastante gente y nuestro guía, Stephen, no llevaba micrófono, pero no ha hecho falta, porque tiene buena voz y, además, sabe usarla. Así que hemos recorrido el barrio de Whitechapel, buscando los sitios donde Jack cometió cada uno de sus crímenes, amenizados con los relatos de Stephen. Dos horas que solo se nos han hecho largas porque los dos íbamos con la espalda un poco fastidiada y la última historia nos ha obligado a estar un cuarto de hora de pie, quietos, en un callejón estrecho.
Como hemos acabado un poco tocados por esto, hemos entrado en un garito a tomar un café y luego, de vuelta a casa. Otra vez en autobús, que aquí hemos venido a ver la ciudad, no los túneles del metro.
Hemos llegado a nuestro barrio a las once, ya totalmente recuperados, así que hemos entrado en un pub a tomarnos un cóctel. Si veis en algún sitio un cartel que dice 2-4-1 cocktails, tenéis que leerlo en inglés: two for one cocktails. Es decir: dos cócteles iguales por el precio de uno. Os podéis atizar los dos seguidos, claro, pero también uno por persona si sois dos. Así que nos hemos sentado, hemos pedido los cócteles usando la app (en Londres es cada vez más habitual que, no solo tengan carta digital, sino que hagas tu pedido y pagues directamente en ella) y al ratito ha venido una camarera. Que lo sentía mucho, pero ya habían cerrado. En efecto, en la puerta ponía que cerraban a las 23h, pero pensábamos que solo era la cocina. Ya nos había parecido muy vacío para ser fiesta al día siguiente... En fin, nos ha devuelto el dinero y nos hemos tenido que ir a dormir sin cóctel. Como si hubiéramos sido malos.
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