Rapiña
Pues sí, hoy íbamos a visitar una de las mayores colecciones del mundo creadas a base de rapiña: el British Museum. De todos modos, más allá de discusiones morales, lo que tienen allí es una barbaridad y nadie debería dejar de verlo si está en Londres. Iba a ser mi tercera visita, por lo menos, aunque la primera de Ester.
Que no debía de estar muy ansiosa por ir, porque se ha negado a levantarse por la mañana; al menos, no a la hora necesaria para estar en el museo a las 12h, cuando teníamos la reserva (una vez más, os recuerdo que los museos públicos británicos son gratuitos, aunque es mejor reservar hora para evitar colas). Bueno, es normal que, cuando van pasando los días, necesites descansar, y tampoco iba a pasar nada por entrar un poco más tarde. Así que me he ido a desayunar yo solo y la he dejado durmiendo.
Finalmente, hemos llegado al museo sobre la una y hemos entrado sin más problemas. Aunque se nos ha olvidado una cosa que había visto Ester buscando información sobre el museo: si las necesitas, te prestan unas banquetas plegables. Y nosotros dos las necesitamos, porque estar mucho rato de pie nos machaca mucho las espaldas. En realidad, sí nos hemos acordado, pero cuando ya llevábamos allí más de hora y media, y, claro, ya no quedaban sillas. O eso creía el de información, pero se ha girado y había un par, inesperadamente. Y nos han hecho un papel extraordinario, oye.
El museo es inmenso, imposible de ver en un solo día. Hay que elegir qué quieres ver y qué dejas para otra ocasión. Nosotros, de todos modos, hemos visto bastante: la zona de la Polinesia, el antiguo Egipto, Asiria y la Grecia clásica. El resto, para otra ocasión.
Antes he dicho que la colección del museo está hecha a base de rapiña; aunque esto es parcialmente cierto, también hay que decir que muchas de las piezas del museo se consiguieron legalmente (es decir, con permiso del gobierno del país donde se encontraron) y otras estaban dejadas de la mano de dios. Vete a saber qué habría sido de ellas si los británicos no se las hubieran llevado. Eso no justifica que no se hayan devuelto muchas de ellas, como todos los restos del Partenón que se llevó Lord Elgin a golpe de escoplo, pero tampoco hay que ser maniqueo, que la historia tiene muchos grises.
Algunas de las cosas más impresionantes que vimos fueron un moai de la isla de Pascua, la famosa piedra de Rosetta (un poco de lejos, que tiene más gente alrededor que la Mona Lisa en el Louvre), la colección de momias y sarcófagos egipcios (no, Tutankamón no está aquí, sino en el museo del Cairo) y todos los frisos del Partenón; pero mi parte favorita es la de Asiria, de la que es destacable casi todo. En fin, no me voy a enrollar mucho; mejor que vayáis a verlo o, al menos, leáis alguna web o publicación especializada.
Eso sí, si vais al museo, os aconsejo una visita a la librería. Es de estas en que te lo llevarías todo y muchos libros tienen precios bastante asequibles (sobre las 10 £). Está en la zona central del museo, lo difícil es no topar con ella.
Nos hemos ido del museo cuando han cerrado, a las cinco de la tarde. De allí a Chinatown, que nos habíamos quedado con las ganas de darle un paseíto y cenar en cualquier garito. Al final, ha sido un chino (ya, un chino en Chinatown, pero hay también muchos restaurantes japoneses, coreanos, vietnamitas y de más sitios) que tenía los patos asándose en el escaparate. Nos hemos puesto bastante bien por menos de 40 £ entre los dos. Luego, un heladito y a nuestra siguiente cita del día: El Fantasma de la Ópera.
Tal vez alguien se haya preguntado a qué venía el título de este blog; resulta que Ester y yo habíamos intentado venir a Londres otras dos veces antes, pero lo habíamos tenido que cancelar. La primera era con la excusa de ver The Book of Mormon, y ya teníamos cogido el viaje, las entradas y todo, pero hubo que cancelarlo. Esta vez ya no veníamos a ver ese musical, entre otras cosas porque lo vimos hace dos años en Broadway y hace un par de meses en Madrid (la adaptación española, a diferencia de otros musicales, está muy bien hecha y os la recomendamos), pero hemos ido a ver otro. Muy diferente, desde luego. A mí, la verdad, no es que me gusten demasiado los musicales, pero hay excepciones y esta es una de ellas. Tanto la partitura como el libreto están muy por encima de lo normal y la escenografía es brutal. Además, las interpretaciones nos parecieron muy buenas. Si a eso le añades que nuestras entradas acabaron siendo bastante mejores de lo que esperábamos, pues pasamos una tarde estupenda. No he visto la versión española, así que no puedo compararlas, pero la original inglesa (lleva ya casi cuarenta años en el mismo teatro) es sensacional.
Y nos hemos vuelto a casa tranquilamente en autobús. Mañana ya es nuestro último día. Todo se acaba.
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